martes, 16 de diciembre de 2014

Encuentros. Por Juan Manuel Roca

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En su 2a. etapa, provisional, publican y difunden 
NTC … Nos Topamos Con 

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Encuentros

Por Juan Manuel Roca


CHARLOT ENCUENTRA AL FÜRHER
EN EL ESPEJO
MIENTRAS FILMA EL GRAN DICTADOR

Aunque no es lo mismo la sombra de mi bigote recortado de vagabundo que la mosca posada sobre el labio del criminal, al paso rápido de un diario de Berlín o de Nueva York podrían confundirnos.
Fue el pequeño bigote el que me decidió, al momento de hacer el humilde papel de barbero judío, a trocarlo por el rol del gran asesino. El filme me obligó a salir de mi mudez en la pantalla: “La avaricia ha envenenado el alma de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio”. “Lo siento. No quiero ser emperador. No es lo mío. No quiero gobernar o conquistar a nadie”…
Mientras ensayo en la tras-escena, el oscuro pintor de brocha gorda, el espantajo sonámbulo, planea invadir a Rusia con sus logias de llanto. Yo lo veo en el espejo del camerino a punto de regar por la Europa crispada y ruinosa, por la pérfida madrastra, la sombra de la gran podredumbre.
Veo el estentóreo paso de ganso de la muerte, a los soldados adiestrados por el imperativo mandato del olvido, batallones de muertos haciendo su lamentable simulacro. Oigo disparos en la noche emboscada en pleno día,  la voz del miedo y el odio que trabaja levantando presidios, oigo la voz de la obediencia regando su sembrado de muertos.
Llevo unas horas enfundado en el traje del gran dictador y me fatiga calzar su máscara de macabra opereta. Si todo fuera tan fácil como cubrir el espejo con mi estrujado saco de vagabundo, si lo fuera como poner la palabra fin en el guión de una película…  

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POSIBLE ENCUENTRO DE LOUSIE MICHEL
Y JEAN ARTHUR RIMBAUD EN LA COMUNA

Es posible que el encuentro entre Louise Michel y Jean Arthur Rimbaud se haya dado en un umbral de la Comuna. Si la historia no lo permitió, merece ser escrita de nuevo. Digamos que ocurrió de la siguiente manera: Lousie Michel, la impaciente anarquista, tropezó con un hombre que huía del futuro, de una comarca salvaje que acostumbraba a visitar tras vadear las fronteras movedizas de su infancia.

Ella venía del exilio
Desplegando una bandera
En un palo de escoba,
Una bandera negra
En recuerdo de sus muertos.

Dicen que la escoba la heredó de una vieja hechicera y que la usó en los estrados para barrer vestigios de la oscura noche medieval.

El poeta conservaba su sombra intacta, aún tenía sus dos piernas tragaleguas y un paladar que seguía econtrando amarga la belleza. Venía cargado de frutos robados al viejo guardián del Paraíso. Los dos intercambiaron recetas contra el hambre y los exilios, la impaciencia y el presidio. Sus palabras obedecían a sus gestos, arropados bajo el sol rojo y negro de las barricadas.

Ella venía del exilio
Desplegando una bandera
En un palo de escoba,
Una bandera negra
En recuerdo de sus muertos.


Lousie Michel defendió a las prostitutas en la cárcel, mujeres de lengua suelta y corpiños apretados que para Rimbaud eran la higiene de la raza. Un posadero llamado Fourier les sirvió una sopa espesa, humeante como las calles de París: “Buen apetito”, susurró el posadero”, “el futuro está servido”.

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ENCUENTRO DE MACKIE EL NAVAJA
CON PEDRO, UN MATÓN DE ESQUINA

El 28 de febero de 2013 a las 11 en punto de la noche, Mackie y Pedro Navajas se tropiezan e intercambian recetas para esconder un puñal. Un parroquiano regresa a casa, tararea un tango de lunas muertas o el triste adiós a Lili Marlén. Al doblar una esquina, ¡zas!: Mackie el Navaja, como quien ejecuta un paso de ballet, le enseña cómo aligerar a alguien de su pesado equipaje. Es diestro en ayudar a pasar a un parroquiano al otro mundo, como algunos ayudan a un ciego a cruzar una calle. Sabe cómo liberarlo del peso de unos peniques en la bolsa, del puñado de monedas que le impide a las almas emigrar. Pedro sonríe, deja ver en su boca una esquirla de oro que titila como un candil de  socavón y acaricia en la pequeña noche del bolsillo su revólver. Una rata encandilada al paso de una ambulancia se desliza entre jeringas desechadas y periódicos de ayer. La lejanía, ¡ah!, la huidiza lejanía desciende de un barco en el viejo muelle de los olvidos y el silencio se pasea en la cubierta de un velero sin capitán. En la penumbra de un pequeño teatro, Bertold Brecht sigue la acción desde un cartel descolorido, y la noche, la asmática noche, se enfunda en su gabán.
Panamá, feberero 28 de 2013
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ENCUENTRO DE AGUSTÍN LARA
Y VLAD DRAKUL EN VERACRUZ
TRAS EL CUELLO DE UNA DAMA

Cuando Vlad Drakul se encontró con Agustín Lara, el descarnado señor del bolero, creyó curarse de la maldición del espejo: soñó con ver a su otro en el cristal. La verdad, muy poco debió darle la luz al cantor porque su aire de visitante del trasmundo confundió al emisario de la noche. El Conde olía a convento, a Europa, a pájaro mojado.

El cantor, que lucía una cicatriz de carrilera en la mejilla, en realidad toda su figura parecía una cicatriz rodeada de aire, cruzaba las veredas dejando una estela de lavanda mientras redondeaba sus versos modernistas. Exiliados del sueño, macilentos y góticos, parecían dos cocheros de pompas fúnebres, dos viajeros llegados de otro tiempo: algo en común había en la noche veracruzana. Quizá el cuello de telescopio de una mujer de cabaret, tal vez el corazón crepuscular o el borgoña  púrpura en los sonoros cristales. A lo mejor andaban tras la sombra de una dama que chorreaba su cabello como si fuera un negro e incesante candelabro. ¿Cuál de los dos caballeros, desde su estirpe enfermiza y romántica llegó primero al corazón de María? ¿Cuál de los dos le colgó en la garganta el collar de su beso?  ¿El Conde, a cuyo paso perdían su color las rosas rojas? ¿O tal vez el bolerista, que siempre vivía a la espera del momento en que la diosa retirara la chalina de su cuello para besarla? Imagino su encuentro bajo la luna. Agustín fuma, el Conde tose, sueñan con volver a casa, uno bajo el mosquitero y el otro bajo el féretro taraceado con su heráldica sombría. Los dos desfallecen de amor por María, por sus carnosos labios y su voz de catacumba. Ella huye, levanta muros y bohíos, castillos de niebla, y se aleja de sus famélicas sombras. Es seguro que los dos caballeros hicieran buenas migas. Tan sosías. Tan espejos. Tal vez se hundieran en la noche del regreso, tal vez en la noche que se desmaya sobre la arena, tal vez siguieran el paso de alguna constelada bailarina, tal vez se conformaran con la chica del guardarropa, criatura muy blanca envuelta en la piel de los jazmines. Lo cierto es que algo de desmayo y olvido flotaba en la noche, mordizcos y susurros, gotas de lacre en la pechera del frac, dos caballeros irredentos vestidos de velorio, huyendo de la luz por la vereda tropical.

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NTC ... agradece al autor el aporte y la autorización para publicarlo.
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